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Asombro

Abiertos al estupor

Escrito por María Ángeles Martín

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La resurrección y el pájaro picapinos

Escrito por Pablo Martínez de Anguita

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Asombro

La contemplación y la naturaleza

Escrito por María Ángeles Martín

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Asombro

¿Qué nos está diciendo la naturaleza?

Escrito por Michael Dominic Taylor

La crisis global que estamos viviendo y el confinamiento colectivo nos da mucho que pensar. Quizá uno de los fenómenos más esperanzadores que hemos visto en estos días ha sido la aparición de animales en zonas y horarios donde no se solían manifestar y las vistas más limpias y despejadas de bahías, ríos y cielos. Nos alegramos de ver medusas que pasean por los canales limpios de Venecia y ciervos que deambulan por las calles urbanas de Japón. Nos alegramos por estos hechos quizá porque generan una sensación de alivio al ver que tal vez no hemos malogrado tanto la tierra.

Considero que vale la pena meditar este asunto más a fondo. ¿Qué cosa nos quiere decir la naturaleza?

Algunos parecen ya saber la respuesta. Más bien parece que la sabían desde antes, ya que llevan tiempo diciéndolo: “el hombre es el virus y el COVID-19 parecería una cura para la naturaleza”. Bajo una visión pesimista, cada mala noticia es una buena noticia para esta causa —de tintes políticos—, y si seguimos su lógica, cada muerte es una ganancia, y ciertamente no en el sentido de la tradición cristiana. Junto con esta visión, también se escuchan voces que dicen: estos cambios en la naturaleza no significan nada, son circunstanciales.

Pero dejando de lado estos extremos, volvamos a la pregunta: ¿qué mensaje nos quiere transmitir la naturaleza? Puede parecer demasiado simplista, pero creo firmemente que la primera respuesta es una exclamación tierna, casi lúdica en la que la naturaleza parece decir: “¡Mírame! ¡Contémplame!”.

Podemos sorprendernos ante la naturaleza y su belleza por al menos dos razones. O no estamos acostumbrados a considerarnos en relación con ella, ya que nos hemos distanciado mucho en nuestros mundos artificiales y digitales, o más bien hemos mantenido y cultivado en nosotros el asombro propio de la niñez que se maravilla ante la realidad cuando se nos manifiesta. Muchas veces, lamentablemente, nos sorprendemos por lo primero, aunque valoramos mucho lo segundo.

Maravillarse ante la naturaleza, ante la realidad toda, es la experiencia del niño, libre y sin preocupaciones. Pero es también el lugar del nacimiento filosófico, científico y religioso del conocimiento. El asombro implica tanto maravillarse como preguntarse. Desde Sócrates y Platón, los verdaderos filósofos han afirmado que el asombro es el sello y signo del verdadero amor a la sabiduría. Pero ¿qué cosa es el asombro? Sencillamente es la experiencia personal de apertura ante la sobreabundancia de realidad que se nos presenta. Las realidades que se nos van presentando pueden ser más o menos interesantes, pero es la apertura la que determina nuestra experiencia ante ella. Tendemos a pensar que la realidad es misteriosa porque no es suficientemente inteligible, pero es al revés. La realidad es infinitamente más inteligible de lo que podemos comprender y es esta sobreabundancia la que nos causa la sensación de sobrecogimiento, si estamos dispuestos ante ella. Uno tiene que estar receptivo ante la realidad para recibir su mensaje, y gracias a Dios la naturaleza nos sale al encuentro continuamente para abrirnos los ojos, como lo ha hecho en estas últimas semanas. La belleza, que es orden y armonía sensible, es como la llave que abre nuestros sentidos y nuestra inteligencia, tantas veces cerrados por habernos acostumbrado al misterio, creyendo que no tiene nada más que decirnos. Creer que explicar algo equivale a entenderlo a fondo, creer que las cosas ya no nos dicen nada —en las palabras del escritor americano Wendell Berry— es abandonar la vida, es un suicidio cognoscitivo.

Por desgracia, nuestra sociedad occidental lleva siglos empeñándose en instalar una ceguera enfermiza en nuestra cosmovisión. Desde el nominalismo del medioevo tardío al dualismo cartesiano hasta el escepticismo kantiano y el nihilismo moderno, existe una concatenación de baches filosóficos que nos han arrojado hacia el materialismo y el cientificismo que nos obligan a una visión de la naturaleza sumamente reducida. Tenemos que volver a la intuición de que cada amanecer porta una carga de novedad infinitamente mayor que la última serie de Netflix o el último iPhone.

El problema no está tanto en los avances tecnológicos, por cuyos frutos debemos estar agradecidos, especialmente en estos momentos que nos permite salvar muchas vidas, cuanto en el paradigma tecnocrático que subyace. El mundo no es materialista (para empezar, el materialismo mismo es inmaterial) y la visión mecanicista de la realidad plantea una cosmovisión reductiva. Su poder reside, en gran parte, en el simplismo de su metáfora principal: la naturaleza es una gran maquinaria. El hombre, los animales, las plantas, todo está determinado por las leyes de la física, los genes y sus circunstancias. Si hemos dicho que la naturaleza se nos presenta con una sobreabundancia de inteligibilidad que siempre nos sobrepasa, esto significa que no la podemos entender ni controlar en su integridad. Pero esta cosmovisión nos sesga, limitando nuestra percepción a lo que se puede medir y reduciendo el misterio de la creación a una maquinaria que pensamos poder manipular.

Muchas veces se dice que este proceso de reducción tenía que suceder para tener toda la tecnología y beneficios que tenemos hoy, pero no necesariamente es así. La ciencia y la tecnología son completamente compatibles con una cosmovisión amplía que reconoce todas las dimensiones del hombre y de la realidad. Lo que no tendríamos son los abusos contra la naturaleza, que por cierto no consideramos creación sino bruta facticidad para nuestro uso utilitarista. Y esto implica también que no tendríamos, o al menos no se justificarían, los abusos hacia nuestra propia naturaleza humana: los genocidios, el aborto, la eutanasia, por nombrar algunos.

Las metáforas falsas —la naturaleza es una maquinaria y el hombre es un virus— por muy opuestas que pueden parecer, surgen de una misma ceguera reduccionista que no escucha a la naturaleza, que no sabe contemplarla. Estas metáforas se concretizan en cosmovisiones con consecuencias muy potentes. Si creemos que el universo es esencialmente caótico, arbitrario y violento, nuestro pensamientos y acciones inevitablemente también lo serán. Pero si creemos que el corazón de la realidad es el amor, nuestros pensamientos y acciones serán muy distintos. Hemos dicho que la naturaleza nos llama a mirarla y a contemplarla. De este modo abrimos la mente y el corazón, vemos que la naturaleza tiene su propia autonomía y dignidad, que esta sellada por la belleza y el misterio, pero que no es Dios.  Nos preguntamos por su Creador y por nuestro propio lugar en el cosmos.

El mundo creado siempre ha servido como mensajero para el ser humano, desde el tiempo de Noé cuando una paloma con una rama de olivo marcaba el final del diluvio y un arcoíris señaló una nueva alianza. Esta alianza es también ontológica y ecológica. Tenemos la responsabilidad de cuidar la creación, no por simple obligación sino porque es parte de nuestra familia. Somos seres relacionales y sin la relación nuestra vida pierde todo sentido. Relación con uno mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios; todo está conectado. El bien de uno es un bien para nosotros, y el sufrimiento de uno nos implica y nos responsabiliza. Quizá entendemos esto mejor ahora que nunca.

En respuesta a sus quejas y demandas de explicación, Dios le habló a Job desde la tempestad. Le obliga a considerar su creación, insinuando que hallará la respuesta que busca al contemplar su obra: leones, cuervos, íbices, asnos, avestruces, cigüeñas, langostas, halcones, águilas. Todos se presentan ante Job hasta que queda sobrecogido y arrepentido. “Reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender”, dice Job (42, 3). Ante los sufrimientos y tempestades de la vida, incluso las pandemias, la naturaleza nos sale al encuentro para instruirnos, para invitarnos a entenderla y cuidarla, y para invitarnos asumir nuestra tarea y lugar en el cosmos.

Michael Dominic Taylor (EEUU, 1985) es Doctor en Filosofía por la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid) y Secretario Ejecutivo del Instituto Internacional Laudato Si’ (Granada, España).

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Ecologismo

Laudato Si no es ecologismo sí o no.

Escrito por Pablo Martínez de Anguita

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Economy of Francesco

El Papa te invita a un proyecto común

Escrito por Anna Isabel Tamargo

El Papa te invita a un proyecto común
Hace cinco años, el Papa Francisco compartió con nosotros un gran regalo, su Encíclica Laudato Si’. En ella, hace énfasis sobre el cuidado de la casa común y nos invita a reflexionar y buscar soluciones al actual modelo
productivo y consumista que rápidamente degrada el medio ambiente y en
el que persisten las desigualdades y pobreza. Además, nos hace un llamado
a la acción, a un movimiento conjunto y nos dice:
“La interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un
proyecto común” (LS’, p164)
¿Y por qué el papa Francisco hace énfasis en la interdependencia en este
proyecto común?
Ante esta responsabilidad de construir un nuevo modelo, debemos recordar que estamos conectados con el resto de la familia humana, con lo creado y con las generaciones futuras. El Papa nos lo recalca en la Encíclica: todas las criaturas están conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos a otros (LS’, 42).
Seguidamente, agrega: estamos incluida en ella [la naturaleza], somos
parte de ella y estamos interpenetrados (LS’, 139).
Además de la conexión con la tierra y los humanos, el Papa nos enfatiza que hay una interconexión entre la economía, la sociedad y el medio ambiente, por lo que no podemos pensar y actuar como si nos encontrásemos con varias crisis aisladas. Nos enfrentamos a una sola y compleja, por lo que, al plantear estrategias ante los problemas actuales, la solución debe partir de un enfoque integrado: mientras combatimos la pobreza y las desigualdades, busquemos proteger la naturaleza. Es así, como lograremos un desarrollo sostenible e integral.
Con base en lo anterior, me atrevo a decir que no podemos suponer que este es un trabajo únicamente de economistas en la parte económica, o de los ambientalistas en los desafíos ambientales, ¡es un trabajo en conjunto! Por ejemplo, debemos evaluar nuestro modelo de producción y consumo actual, el cual no es sostenible. Para ello, necesitamos la visión de todos los campos, que cada uno aporte desde su experiencia para así construir un nuevo modelo sostenible y más humano. Además, hemos visto cómo esto no es un trabajo únicamente de los políticos o las organizaciones internacionales: nuevamente, resulta un trabajo de todos: los gobiernos, las empresas proveedoras y productoras, de los ciudadanos (como consumidores y/o trabajadores). Si bien es cierto que necesitamos un marco global, como hemos visto, los desafíos de un país afectan a otros; también necesitamos acciones nacionales y locales en el que cada uno de nosotros busquemos más allá del beneficio económico y nos centremos más en las personas.
Necesitamos acciones personales, pequeños (y ojalá que grandes) cambios
en nuestra forma de desplazarnos, de consumir, de comprar o de producir.
Y todo esto no es posible sin una conversión interior. Una conversión que
tiene que proceder de la humildad. ¿Dónde estabas tú cuando yo creaba la
tierra? Le responde por fin Dios a Job (38:4) cuando este le clama en mitad
de su sufrimiento. La humildad es fruto de la verdad, de reconocer que
somos como diría San Juan Pablo II un latido en el corazón de Dios, somos ”alguienes infinitos”, pero cuyo valor no procede de nosotros mismos, sino del Don de la vida, de la creación que hemos recibido, que no nos hemos dado. El planeta con su belleza y armonía está ahí para recordárnoslo. Y nosotros somos muchas veces expertos en cambiar su integridad y belleza por su utilidad y de medir el ser del mundo por su valor de intercambio.
Los jóvenes reclaman un cambio y aspiran marcar la diferencia. El Papa ha
dado un primer paso invitando a los jóvenes a un encuentro en Asís. Nos
invita a que reflexionemos juntos y planteemos un nuevo modelo no sólo
económico, sino un modelo, un ideal de vida que sea inclusivo, que sea
humano y que cuide del medio ambiente, en fin, un modelo de desarrollo
solidario, integral y sostenible. Solidario porque en él todos encontremos la
llamada del Padre a construir un mundo mejor. Integral porque esté
orientado a mantener la integridad de la creación partiendo de nuestra
conciencia de criatura que ha recibido el don de la vida. Y sostenible para
que las siguientes generaciones puedan recibir un mundo mejor que el que
recibimos nosotros gracias a nuestro trabajo.
Ha llegado el momento de transformar ese sueño en acción. Ya hemos visto cómo en todo el mundo se han organizado eventos preparatorios, donde los jóvenes se encuentran debatiendo y compartiendo sus ideas. Vamos con ilusión a Asís. Y esperamos que el encuentro sea un inicio de vocaciones aún por descubrir en cada uno de nosotros. Los jóvenes queremos encontrar y desarrollar algo que se convierta en una pasión en nuestras vidas.
Queremos estar juntos y por ello tendremos que tener la voluntad de
organizarnos para crear juntos acciones e iniciativas, que por pequeñas que
sean, irán sumando a la creación del bien común a la que tanto aspiramos.